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lunes, 9 de mayo de 2022

A LOMOS DE UNA MULA: SAN PEDRO PASCUAL Y LA VIRGEN DEL MAR

El obispo mártir de Jaén y la patrona de Almería se sirvieron de una mula para escoger su residencia

No es este un relato de devociones, salvo que se entienda como tal mi admiración por la mula, animal hoy olvidado pese a haber sido, durante siglos, el mejor y más útil amigo del hombre. Con la mula como protagonista, les hilvano dos historias entre Jaén y Almería, con ecos equinos en todo el suelo español.

Dibujo de la lápida de San Pedro Pascual sobre la Puerta de la Luna de la catedral de Baeza. Realizado por Francisco de Rus Puerta en 1646

A fines del siglo XIII Pedro Pascual era obispo de Jaén, diócesis de complicado gobierno por ser frontera con el reino nazarí de Granada, último reducto musulmán de Al-Andalus. Durante una visita pastoral fue capturado por los moros de Muhammad II y enviado preso a la capital granadina. De nada sirvieron los rescates que se pagaron pues, como buen mercedario, el obispo prefirió destinar esos dineros a la liberación de mujeres y niños cautivos. Martirizado y finalmente decapitado en el año 1300, fue primero sepultado en el lugar que llamaron “de los Mártires”, campo de la ciudad de la Alhambra. Acrecentada su fama de santidad, al reclamar su cuerpo los cristianos surgió una disputa entre los vecinos de Jaén y los de Baeza -primera sede de la diócesis jienense- pues ambos querían que los restos del prelado fuesen custodiados en sus respectivas catedrales. Para resolver la controversia se decidió montar el arca mortuoria sobre una mula “extranjera y doncella” para que ésta decidiera, por intercesión divina, el lugar donde debía reposar el santo. Ante una encrucijada, la acémila tomó camino de Baeza y, llegada a su templo mayor, cayó muerta. Aquella señal inequívoca determinó el reposo del santo, cuyas reliquias fueron depositadas sobre la puerta mudéjar de la Luna -llamada desde entonces de San Pedro Pascual- y luego llevadas a su altar mayor. Las dudas que pululaban sobre la muerte y sepultura del santo quedaron definitivamente aclaradas por la actuación del almeriense Rodrigo Marín Rubio quien, siendo mitrado de Jaén, dirigió la investigación que culminó con el hallazgo en Baeza de los restos del mártir en 1729.

Dos siglos después de la muerte de San Pedro Pascual, las olas depositaban en las playas de Almería, frente a Torre García, una imagen de la Virgen con el Niño, de cuyo arribo fue testigo el vigía, casualmente llamado Andrés de Jaén. Los signos milagrosos que acompañaron a su aparición suscitaron un pleito entre el cabildo catedralicio y los monjes del convento de Santo Domingo, postulados ambos para custodios de la Virgen en sus respectivos templos. Como en su antecedente aurgitano, sentenció su destino el juez más imparcial: una mula portaría la imagen y, dejada libre a las puertas de la ciudad, elegiría su residencia; deambuló el equino por las calles de Almería, saltó una tapia de las huertas dominicas y, llegado al templo conventual, se derrumbó ante su puerta. Para sumar firmeza a la sentencia, se cuenta que su herradura quedó impresa mucho tiempo en el peldaño de la iglesia. Así reza la leyenda. Sea como fuere, desde entonces se conserva allí la imagen de la Virgen del Mar que, por devoción de los almerienses, fue patrona de la ciudad mucho antes de su proclamación y, el templo de Santo Domingo, su santuario.
A raíz de estos sucesos se ensalzan las virtudes de la mula como humilde pero determinante transmisora de los designios divinos y, paralelamente, se confiere al animal una dignidad natural que lo hace merecedor de nuestro respeto.

En Andalucía sólo he hallado estos dos casos pero existen otros con iguales premisas -una mula, dejada en libertad, decide que camino se ha de tomar, dónde han de reposar los restos sagrados, reliquias o imágenes y, escogido el lugar, se derrumba o muere- de los que sólo citaré de nuestra geografía a San Ramón Nonato, por ser coetáneo de San Pedro Pascual y ambos religiosos mercedarios, cuyos restos quiso aquella que descansaran en Portell (Lérida). De Portugal cabe nombrar a la Virgen del Cabo o de la Piedra de la Mula, en Sesimbra y, en la América española, las vírgenes de la Soledad y de la Consolación de Sumampa, la una, patrona de la ciudad de Oaxaca en Méjico y, la segunda, de la provincia argentina de Santiago del Estero. Incluso la fundación de la Compañía de Jesús por San Ignacio de Loyola o la afirmación del Sacramento de la Eucaristía por San Antonio de Padua se debieron a una decisión mular.

Detalle de un grabado de la Virgen del Mar donde aparece la mula como protagonista. Realizado a expensas y devoción del marqués de Campo Hermoso en 1806. Archivo Ruz de Perceval

El porqué de la elección de la mula como infalible y ecuánime decisora daría para un estudio etiológico más sosegado que no está en el propósito del que suscribe, mero rumiante de estos retazos de Historia. Junto a la consabida terquedad en sus decisiones, quizá fuese escogido este animal estéril por ser ejemplo de abnegación y sacrificio, por tener fama de defender a su jinete o saber siempre dónde está el pesebre de su amo y, quizá, por todo ello también figure en la iconografía popular adorando al Niño Jesús en su nacimiento y los obispos españoles tomaran posesión de su cargo montados en una mula, tradición que hoy sólo persiste en las diócesis de Sigüenza y Orihuela-Alicante.

Indiferente resulta que se trate de mitos o leyendas si efectivamente cumplen con su cometido: reforzar una creencia o disposición y que ésta perdure en la memoria. Además, las leyendas son siempre más bellas que la fría realidad, de ahí su permanencia, pues la belleza tiene el poder de conmovernos y transmutarnos.

Pese a su protagonismo, por ser la mula humilde y generosa -lenguaje muy ajeno al nuestro- nunca ha reclamado ni recibido reconocimiento alguno, que va siempre a sus parientes el ennoblecido caballo o el burro emotivo, cuando en justicia, sea sólo por sus siglos de esforzado servicio, debería tener un monumento en cada ciudad y cada pueblo de nuestras latitudes en el que rece esta escueta leyenda: “Gracias”

Jesús Ruz de Perceval.
24/03/2022
Publicado en Diario Jaén, 03/04/2022 y en La Voz de Almería, 15/04/2022

viernes, 8 de noviembre de 2019

EL PORQUÉ DE LAS MIGAS CUANDO LLUEVE


   Todos nos lo hemos preguntado alguna vez, entre cucharada y cucharada, al menos el instante previo a que el gusto silencie nuestra curiosidad hasta la próxima lluvia.

Como las respuestas que he conocido carecen de fundamento, son fantasiosas o, simplemente, no lo son, quiero aportar algo de miga a tan harinoso interrogante.

Las migas –acaso el manjar más español en todas sus variables- fue en su origen comida de pastores, a éstos y a la trashumancia debemos que se popularizara en toda la península. Lo común de sus ingredientes y su gran aporte calórico las convirtieron en alimento idóneo con el que afrontar las duras jornadas de trabajo. Algunos autores modernos, en ese afán ya cansino de atribuir a todas nuestras cosas un origen musulmán, afirman que su paternidad es andalusí; pero la realidad es otra. Los pastores íberos, los guerreros de Viriato, ya cocinaban migas antes de la colonización romana y, en el siglo I, se refiere a ellas Marcial, el famoso poeta de Bílbilis que pasó a Roma protegido de Séneca; Covarrubias afirma que su nombre procede del latín “mica”, arena de las riberas, con influencia del verbo “micare” (brillar). Más difícil es, por ser cocina trashumante, localizar su lugar de nacimiento, aunque el consenso es mayor sobre Castilla o Andalucía.

La literatura española está plagada de guiños a este plato, el más referido y casi siempre vinculado a escenas pastoriles o del campo, donde se ensalza su ritual como comida para compartir, de hermandad y amistad -de ahí la expresión “hacer buenas migas”- e incluso en nuestra tradición, los pastores que recibieron la visita del ángel anunciador del nacimiento de Jesús estaban haciendo migas. Cerca de Madrid se encontraba el soto de Migas Calientes –donde se ubicó el primer Jardín Botánico- que seguro debe su nombre a que allí, antaño pastos junto al Manzanares, se congregaban los pastores venidos de muy distintos lugares para hacer y comer sus migas.

Con ellas hemos marcado las horas e incluso denominado a planetas, así, al lucero matutino o vespertino -el planeta Venus- se le llamaba en el Sur peninsular “lucero miguero” porque su visión coincidía con la hora de hacer las migas los pastores: al amanecer antes de salir a trabajar y al atardecer finalizada ya la jornada. En el s. XIX se consolidaron como rancho habitual en el Ejército y en las academias militares, donde las “migas de cadete” reforzaron lazos entre soldados y oficiales. Del campo pasaron a nuestras ciudades y, de éstas, al resto del Mundo, colándose las humildes migas en lujosos recetarios, como pasó en la corte de Francia, donde las impuso la Emperatriz Eugenia de Montijo, que las tomaba con sardinas en recuerdo de su infancia granadina.

        "Campesino clamando al cielo por la lluvia"
por Jesús de Perceval, 1974
¿Cuál es, entonces, la peculiaridad almeriense por la que, cual mandato divino, tomamos migas cuando llueve? Para dar la respuesta debemos retrotraernos al origen y ponernos en la piel de nuestros pastores. A diferencia de otros lugares de la geografía española, la climatología de Almería, marcada por la escasez de lluvias, suponía un plus de dificultad para el pastoreo, por ello, cuando llovía ocurrían dos cosas para el pastor: una, inmediata, que era ponerse a resguardo en los chozos, cuevas o cortijos y esperar a que escampe, lo que brindaba el tiempo necesario para preparar unas buenas migas, que necesitan más que ingredientes, paciencia, cualidad común a todos los pastores; y, la segunda, la que marca la diferencia con el resto de España, es la festiva, de acción de gracias, porque la lluvia es garantía de que habrá hierba para el ganado. Aunque en todo lugar era habitual comer migas con mal tiempo, sólo en el sureste español se destaca y acentúa el acto de gratitud al cielo por la lluvia ¿o creemos que los pastores gallegos se muestran agradecidos y hacen fastos cuando llueve un día sí y otro también? La satisfacción y alegría era -y es- común para los pastores y agricultores almerienses, de ahí que el ritual de hacer las migas cuando llueve se haya perpetuado hasta nuestros días como una festividad religiosa, momento de encuentro entre familiares y amigos que, alrededor de la sartén, “cucharada y paso atrás”, comparten con alegría el augurio de un año de bienes. 
Pruebas de lo dicho encontramos, además de en la literatura, en nuestro Refranero, casi tan sabio como antiguo, del que rescato algunos refranes referidos a nuestras latitudes: “Cuando llueve y hace sol, come migas el pastor” (el pastor se regocija si el sol mezcla sus rayos con la lluvia, pues es garantía de abundante hierba) o sus variables “Cuando llueve y hace sol, alegre está el pastor”, “…bailan el perro y el pastor”; “En marzo, ni migas ni esparto” (porque es mes poco lluvioso, carente de largas veladas para hacer pleita)

Desde esta tierra se exportaron las migas a Filipinas -donde nuestros monjes dominicos fundaron otra Almería- y, en idioma tagalo o filipino, las llaman “paralosdos”, hermosa voz que evoca su condición de ser compartidas. También dieron su nombre a varios lugares de la provincia almeriense, como el Barranco de Gachas-Migas, entre Carboneras y Mojácar, la cortijada que con igual nombre encontramos en Cantoria, o la loma de Migas en Vícar. Muy típicas han sido siempre en los campos de Níjar y así lo recoge García Lorca en “Bodas de Sangre" (-Hace migas a las tres, cuando el lucero…) De las migas almerienses se ocuparon nuestros escritores y poetas, Sotomayor, Cano Cervantes, Carmen de Burgos “Colombine” o Celia Viñas, entre otros; y aún fueron causa del intento de suicidio de uno de los autores del crimen de Gádor, Julio “el Tonto”, que quiso matarse en la cárcel de Almería…por no poder satisfacer su ambición de tomar enormes platos de migas.

Más, para ser justos, comer migas cuando llueve no es una tradición sólo almeriense sino del sureste español, pues igual costumbre tienen en algunas zonas de Murcia, lo cual, lejos de desmerecer la nuestra, abunda en la explicación que he dado y evidencia también la íntima relación que siempre hemos mantenido con nuestros vecinos murcianos.
    Desde aquí, llueva o no, reivindico las migas como plato vertebrador, que nos hermana y aúna, algo que tanto se echa en falta estos días y, resaltando las palabras de Mariano de Cavia “España es España y, las migas, migas son -¿Cómo son esas famosas migas? - Como han de ser, bermejas y doradas igual que nuestra bandera

Jesús Ruz de Perceval
Publicado en "Diario de Almería", 07/11/2019

martes, 22 de octubre de 2019

ZABALETA Y PERCEVAL

Por Jesús Ruz de Perceval
Abogado, miembro del Instituto de Estudios Almerienses.
Artículo publicado en la revista "Sueños de Quesada" nº 1, 28/01/2019
Quesada (Jaén)

    Hay paralelismos en la vida que justifican o abocan a un inevitable encuentro. Algo así ocurrió entre estos dos genios de la pintura española. Jesús de Perceval y Rafael Zabaleta se conocieron en Madrid sobre 1935; allí viajaron desde el Sur para formarse y, sobre todo, en busca del alimento cultural que no encontraban en sus lugares de origen; allí coincidirían en las afamadas tertulias -la del Café Gijón o la de Pombo- entonces verdaderos templos del conocimiento y vasos comunicantes de las corrientes artísticas, “vale más una silla en el Gijón que un sillón en la Academia” que diría F. Fernán Gómez.

Ambos procedían de familia acomodada más, en pos del Arte, renunciaron a las imposiciones de la sangre; fueron agricultores obligados, uno de naranjas y otro de aceitunas; sintieron durante toda su vida un especial apego a sus terruños, Almería y Quesada, un enamoramiento con su luz y sus paisajes que con tanto acierto plasmarían en sus lienzos, cual único y verdadero escenario de la vida. Esta comunión la tuvieron también con la Historia y se vistieron de atrevidos arqueólogos, el de Quesada, de la mano de Juan de Mata Carriazo y, el de Almería, de la de Juan Cuadrado, precursor del Museo arqueológico y difusor de la obra de Siret. Ese desaforado amor a la tierra justificaría en parte que, a la postre, también ambos recibieran el título de Hijos Predilectos de sus respectivas ciudades.

 
   Barcelona, 1953. Zabaleta, Rosario de Velasco, Mercedes de Prat
y Jesús de Perceval en casa de Cesáreo Rodríguez-Aguilera
En 1936 ingresó Perceval en la carrera de Bellas Artes en Madrid, estudios que Zabaleta ya había terminado pero que decidió ampliar hasta que el inicio de la Guerra Civil truncara la formación académica de ambos. Volverían a coincidir en Valencia, donde se instaló Perceval tras conseguir huir de la Cárcel Modelo de Madrid. En Valencia el almeriense, arropado por José Renau, director general de Bellas Artes, y bajo distintos seudónimos, pudo seguir pintando a cambio de ocuparse en la elaboración de carteles y el rodaje de documentales sobre el devenir de la Guerra, pues fue nombrado responsable de los Estudios de Propaganda de las Juventudes Socialistas Unificadas. A principios de 1937, huyendo de Jaén, Zabaleta llegaría a Valencia, donde lo recibió y apoyó Perceval y, juntos, participaron en las tertulias del Café Ideal Room, en las que eran asiduos Antonio Machado, Victorio Macho, Arteta o López Mézquita. Ese año el de Almería expuso en el Ateneo valenciano y fue uno de los seleccionados para representar a España en la Exposición Internacional de París, muestra en la que presentó el famoso “Guernica” Picasso, a quien ambos conocieron y admiraron. No obstante fueron tiempos de penuria para los dos. Perceval, fue hecho preso en las cárceles valencianas en reiteradas ocasiones y, a comienzos del 38, lo detuvieron y trasladaron a la cárcel de Almería, donde permanecería hasta el fin de la guerra; Zabaleta marchó entonces a Guadix, donde consiguió que lo colocaran como conservador del Patrimonio y, luego, a Baza, ciudad en la que sus dotes de dibujante le propiciarían trabajar como delineante para la comandancia de Ingenieros.
"Figuras en el paisaje" Zabaleta y Marichu
en Almería, abril de 1951
Tras la contienda civil no cesarían sus infortunios: el hecho de haber trabajado en zona republicana, los dibujos y pinturas de la guerra que ambos realizaron y las denuncias que ahora presentaban otros pero que igualmente encerraban envidias y viejos rencores, les obligaron a pasar por la “depuración” del nuevo régimen.

En 1940 volverán a encontrase en Madrid; retomaron su actividad pictórica y la asistencia a las tertulias capitalinas, alternando temporadas de estancia entre la Villa y Corte y sus respectivos hogares, si bien en los primeros años de esa década Perceval estuvo más involucrado en la reconstrucción de Almería y en la fundación del Movimiento Indaliano. Se dio entonces una nueva coincidencia que abundaría en la relación de Perceval y Zabaleta, amén de favorecer sus carreras artísticas: ambos pintores despertaron la admiración del filósofo Eugenio D´Ors, fundador de la Academia Breve de Crítica de Arte, quien, desde entonces, les brindaría su apoyo incondicional y su mecenazgo, siendo seleccionados en reiteradas ocasiones para las Exposiciones Antológicas y el Salón de los Once de dicha Academia que, en 1948, acogería también al Movimiento Indaliano, dado a conocer en España el año anterior con su exposición colectiva del Museo Nacional de Arte Moderno de Madrid, inaugurada por el marqués de Lozoya y apoyada por D´Ors.


En 1947 participaron en la Exposición de Arte Español Contemporáneo de Buenos Aires y, en agosto de 1948, Zabaleta se sumó a los indalianos en la selección indálica de la I Exposición de Pintura Contemporánea Española celebrada en Almería; no en vano, Perceval consideró siempre a Rafael como indaliano, no por haber sido distinguido con el “Indalo de Oro” sino porque, en esencia, compartía los postulados estéticos del Movimiento Indaliano formulados por Perceval, asentados en un reencuentro con la Naturaleza, en la dignificación del hombre a través de la luz y el paisaje que le rodea, con el que se compenetra.
 
 Vista del puerto de Almería con San Roque y la Alcazaba
 al fondo. Dibujo de Rafael Zabaleta.

Zabaleta pasaba temporadas en Almería en casa de Perceval, quien le mostró los desiertos de Tabernas, los contrastes de esa tierra luminosa, sus playas, la Chanca o el barrio de pescadores,  escenas que llevaría el de Quesada a sus óleos, a veces tildados con indalos. Esta ciudad costera despertó también en Zabaleta el amor, acaso platónico, para con Marichu Moro Puig, estudiante de la Escuela de Comercio y actriz de teatro ocasional varias veces retratada por Rafael, y, allí también, inducido por Perceval, surgió su pasión por las motos, con las que ambos recorrerían la provincia almeriense en busca de ocultos y nuevos paisajes.


Participarían en la I Bienal Hispanoamericana de Arte en 1951, fecha en la que también tuvo lugar el I Concurso de Pintura de Quesada, organizado por su Ayuntamiento, convocatoria a la que, animados por Zabaleta, concurrieron Jesús de Perceval y su esposa Trina de la Cámara en un primer ejercicio de correspondencia que, años más tarde, fructificaría con el hermanamiento de Quesada y Almería. Trina, inspirada dibujante –fue premio nacional de Dibujo- y mujer de temperamento que no se reprimía al aconsejar a su marido en los diseños, hacía lo propio con su amigo Zabaleta, esbozándole ideas que creía acertadas para su pintura, algunas de las cuales llevó a cabo, como la que representaba a un campesino pintado por la espalda, “piloto” de una tartana, enmarcado por el toldo y recortado por la luz de un paisaje con un camino que fuga hacia un horizonte sólo interrumpido por las orejas centinela de la mula, cuyo paradero desconozco. En esa década de 1950 desarrollarían una intensa actividad creativa y expositiva, apreciándose con más claridad las influencias mutuas.

A principios de 1960 Zabaleta viajó de nuevo a casa de Perceval “-Me encontraba mal y me he venido a estar contigo” pero quiso el destino que en esta tierra de Almería, donde se insuflaba de vida, le llegara el preaviso fatal de la muerte. El 11 de febrero se empezó a sentir peor y sufrió un infarto. Trina llamó de urgencia al doctor Arigo, médico muy amigo, director del Hospital Psiquiátrico, quien le recetó medicación y unas inyecciones que le puso un sobrino político de Perceval, Juan de la Cruz Navarro, veterinario de profesión y, acompañados de otro gran amigo, Joaquín García Ramos, perito agrónomo de Valencia, guardaron vela toda la noche a su cuidado. Al día siguiente, cuando ya parecía fuera de peligro, Perceval le bromeó a Rafael: “Si el maestro D´Ors viviera y le contara que te habían curado el director del Manicomio y un veterinario asistido por un perito agrícola, se confirmaría la teoría de tu campesinismo zoomórfico” Durante los días siguientes permaneció al cuidado de Trina de la Cámara –a la que tanto apreciaba y la única cualificada de aquel variopinto equipo médico, ya que había sido enfermera durante la guerra- y, a primeros de marzo, ya restablecido, regresó a Quesada, prometiéndole a Trina pintarle un óleo que no llegaría a realizar, pues en las fechas siguientes acudiría a especialistas de Jaén y de Madrid sin solución y falleció en su pueblo el 24 de junio.

"Cabeza de mujer" de Jesús de Perceval.
Museo Rafael Zabaleta
De aquella estancia -o despedida- en Almería se conserva la última imagen de Zabaleta: una preciosa fotografía realizada por Perceval, en la que aparece Rafael con sombrero, sentado en lo alto de la loma de San Cristóbal cual vigilante de la ciudad de Almería, con su bahía y Cabo de Gata al fondo.

Jesús de Perceval lloró la muerte de su amigo, escribió sentidos artículos en su recuerdo, participó en los homenajes que se le tributaron y colaboró para la fundación del proyectado Museo Zabaleta en Quesada. Para sellar aquella unión, en 1968 promovió el hermanamiento entre ambas poblaciones, el cual se formalizó el 15 de agosto, festividad de la Virgen de Tiscar, con la inauguración en Quesada de la Avenida de Almería, en presencia de las autoridades almerienses que correspondieron dándole el nombre de Quesada a una calle de su ciudad, y la Cofradía de Nuestra Señora de Tiscar nombró al pintor almeriense su “hermano honorario”.

En abril de 1978 se rodó en el estudio de Perceval una secuencia de la película que TVE realizaba sobre Zabaleta, para la serie “Artistas Españoles” a la que se sumaron otras grabaciones de los años 50 del pintor de Quesada recorriendo Almería con los indalianos.
En 1982 Jesús hizo llegar a la Diputación de Jaén una filmación de Zabaleta para incorporarla al audiovisual que se estaba confeccionando, así como una edición crítico-literaria, con motivo de la exposición antológica itinerante y otra de pintores andaluces en homenaje a Rafael.

No pudo evitar la muerte que Zabaleta y Perceval siguieran exponiendo juntos, como así ocurrió en la Exposición Pintores Andaluces desde 1900, celebrada en Granada en 1978, donde convivieron sus obras junto a las de Picasso, Vázquez Díaz, Romero de Torres, López Mezquita o Manuel Ángeles Ortiz, entre otros.

Estoy seguro de que a Rafael le hubiera alegrado saber que mi madre, Carmen Perceval, hija mayor de Jesús, a la que conoció niña y con la que esbozó dibujos, andando el tiempo, convertida ya en pintora, sería galardonada con el Primer Accesit del Premio Nacional Rafael Zabaleta y, con este recuerdo, pongo fin a mis pinceladas sobre la relación de estos dos genios de la luz y el color. 


Febrero de 1960: Última fotografía de Zabaleta, realizada por Perceval en Almería, en la Loma de San Cristóbal. Tras él, la bahía y el Cabo de Gata


jueves, 12 de octubre de 2017

LA CASA DE LOS GÓNGORA. NUEVO ATENTADO CONTRA EL PATRIMONIO

Jesús Ruz de Perceval.
Publicado en La Voz de Almería 
 09/10/2017

Hace unos días publicaba este diario una noticia que ha pasado desapercibida, cual inocente nota de actualidad, pese a la grave importancia y mayor riesgo que supone para el Patrimonio almeriense: El Ayuntamiento pretende demoler el inmueble sito en la calle Hernán Cortés nº 20, entre la iglesia de Santiago y la Plaza de Marín, e iniciado está ya el proceso de contratación para su derribo.

Se trata de la casa de la familia Góngora, linaje hoy desaparecido en nuestra ciudad pero asentado en ella hace más de cuatro siglos.
El edificio, de mediados del s. XVIII y cerca de 500 m2 de solar, presenta los elementos típicos de la casa señorial almeriense. Su amplia fachada, con tres plantas y de diseño simétrico, cuenta con una imponente portada de piedra, de aire neoclásico y reminiscencia barroca en los volúmenes, sobre cuyo dintel se alberga el escudo de armas del linaje Góngora esculpido en mármol; por ella se accede a un zaguán y, de este, a un patio central de columnas con tallas ornamentales que hacía de distribuidor de las estancias y desde el que arranca una pétrea escalera de acceso a la planta principal. El tercer piso parece un añadido -aunque antiguo- o bien una modernización de lo que primitivamente eran las cámaras para almacenar el grano. Hoy, tras haber sido convertida en casa de vecinos y ocupar sus bajos diferentes negocios, se encuentra algo desvirtuada, pero sólo en apariencia, pues conserva su estructura primigenia.

Para dotar de vida a este hermoso inmueble dejo aquí unas breves pinceladas sobre algunos de sus moradores:

Allí nació, en 1757, Cristóbal Vicente de Góngora Fernández-Delgado, importante personaje almeriense que tenemos olvidado, el cual llegó a ser miembro del Consejo de Estado, consejero y secretario de S.M. con ejercicio, caballero cruz de la Orden de Carlos III, secretario de Hacienda y presidente del Tribunal Mayor de Cuentas. En 1808 acompañó al Rey Fernando VII a su destierro en Bayona y, de regreso a España, formó parte de la Junta Suprema Central. Retirado de la política, regresó a Almería en cuya casa lo encontramos empadronado en 1819 con el tratamiento de Excelentísimo señor.
Hermano del anterior fue el doctor José Vicente de Góngora, canónigo y arcediano de la Catedral de Almería, teniente vicario general castrense en esta plaza, juez y subdelegado del Tribunal de la Santa Cruzada y mano derecha del Obispo de Almería Antonio Pérez Minayo.
En dicha casa habitó también José Bordiú tras casar con Paula de Góngora, padres que fueron de, entre otros, Cristóbal Bordiú Góngora, hábil político que fue miembro del Consejo Real, secretario de la Junta de Fomento y director general de Obras Públicas, de quien descienden los marqueses de Villaverde.

Volviendo al inminente riesgo y grave atentado que supondría su demolición, debemos subrayar que dicho inmueble, en contra de lo manifestado por el Ayuntamiento, se encuentra recogido en el Catálogo de Edificios Protegidos, concretamente en la ficha nº 419, donde se le otorga un Nivel 3 de protección y se acentúa el interés de su portada, su escudo y su patio tras la revisión del PGOU del año 2012. Asimismo, está amparado por la delimitación del conjunto histórico de Almería y por el entorno de protección de Bien de Interés Cultural según la Ley de Patrimonio Histórico de Andalucía. Pero es que, a mayor abundamiento, por mandato de la Ley del Patrimonio Histórico Español le es de aplicación la normativa sobre protección de los escudos, emblemas y piedras heráldicas que, entre otras cosas, obliga y encomienda al Ayuntamiento el cuidado, vigilancia y conservación de dichos elementos donde su ubiquen.

Muy vergonzoso resulta comprobar cada día cómo el Consistorio usa y abusa de la normativa urbanística a conveniencia, empecinándose en mantener en pie inmuebles sin interés alguno al tiempo que derriba los que integran nuestro patrimonio histórico y arquitectónico, según resulte la utilidad económica o política de cada momento o de a quién pertenezca uno u otro inmueble.

Pocos atropellos podemos esperarnos más pues, casas blasonadas de los s. XVII-XVIII apenas quedan en pie cuatro, incluida la que nos ocupa. Bien pudiéramos quitarle ya el calificativo de “histórico” al centro de la ciudad. En la memoria de todos aún está fresca la desaparición de la portada y escudo de los marqueses de Torre Alta en la plaza Careaga, la portada monumental de la llamada “Cárcel Vieja” en la calle Real y otros tantos ejemplos. Irónicamente, al mismo tiempo desde el Ayuntamiento se fabrican eslóganes que animan a vecinos y turistas a visitar el casco antiguo, conocer la “Almería morisca” o perderse en el embrujo de nuestros rincones y calles típicas. Tiene guasa la cosa... ¿Qué van a dejar para ver y mostrar? Quizá nos baste con el subsuelo y con embrujarnos todos en los tan venerados Refugios.
Esperemos que la especulación inmobiliaria, ese rayo que no cesa, no venza nuevamente a la legalidad, el sentido común y la sensibilidad que ya parece nos falta.

Jesús Ruz de Perceval
Abogado

martes, 17 de marzo de 2015

DE CÓMO PERCEVAL SALVÓ EL CERVANTES



Teatro Cervantes y Círculo Mercantil
Pocos almerienses conocen que el hermoso conjunto que  forman el Círculo Mercantil y el Teatro Cervantes diseñado a fines del s.XIX por López Rull y que hoy señorea majestuoso en el Paseo de Almería,  estuvo a punto de desaparecer hace unas décadas víctima de la especulación inmobiliaria, esa plaga horribilis que asoló nuestro casco histórico para el enriquecimiento de unos y el empobrecimiento de todos.

A fines de 1973, la junta directiva del Círculo Mercantil e Industrial, presidida entonces por  Antonio González Vizcaíno, acordó e inició sigilosamente las gestiones tendentes al derribo del inmueble para adjudicar el solar y posterior edificación de un bloque de pisos y locales a la empresa constructora “Ofitesa”.

Corrido el rumor, tal atentado fue denunciado en la prensa local por Emilio Pérez Manzuco y por la Tertulia Indaliana, desde cuyo seno Jesús de Perceval manifestaba que el Cervantes era a Almería lo que La Scala a Milán, el Liceo a Barcelona o el Teatro Real a Madrid “¿Es que no existen -decía- en la periferia espacios suficientes para levantar todos los rascacielos que se deseen y se hace necesario destruir el corazón de nuestra ciudad?”

De los miembros que componían la junta directiva del Círculo, sociedad propietaria del Teatro, sólo una voz discordante se oyó, como un grito en el desierto, en contra del pretendido negocio: la del letrado Juan José Pérez Gómez. Amén de la singularidad estética e histórica del edificio, fundamentaba sus argumentos este abogado en -cómo no- motivos legales y reglamentarios, por cuanto todas las decisiones adoptadas tendentes a la demolición y adjudicación de la nueva obra conculcaban no sólo la legalidad sino la letra de sus propios estatutos. Pero, pese a lo acertado y elocuente de sus razonamientos, éstos poco podían hacer frente a la avidez de aquella conjura.

En efecto: pendiente la aprobación definitiva por parte de la junta general, González Vizcaíno y su directiva, para anular cualquier oposición, aprobaron previamente una entrada masiva de nuevos socios seleccionados ex profeso para asegurarse el voto mayoritario favorable a la demolición. Esos nuevos socios eran –oh, sorpresa- los dueños y empleados de la constructora adjudicataria “Ofitesa” así como conocidos abogados y profesionales liberales de Almería dependientes o vinculados a aquella y otros necesarios para que fructificase ese pingüe negocio.

Así, compradas todas las voluntades y constatada la complicidad silenciosa de las autoridades locales, parecía ya inminente el derribo del conjunto monumental. La junta general que debía ratificar tal atentado quedó fijada para la tarde del domingo 17 de febrero de 1974, coincidiendo con la retransmisión televisiva de un partido Barcelona-Real Madrid que resultó ser mítico. Ya parecían escucharse los motores de las excavadoras que debían derribar nuestra Historia...

Jesús de Perceval en su estudio.
Fue entonces cuando Jesús de Perceval –el mayor valedor del patrimonio y cultura almeriense que ha conocido esta tierra- comprendió que la salvación del Teatro tenía que venir de fuera de Almería. Así, contactó con su amigo el historiador Ricardo de la Cierva, quien sería ministro de Cultura y que en ese momento ocupaba la Dirección General de Cultura. Perceval le informó puntualmente sobre aquella barbaridad, del peligro inminente de perder este conjunto arquitectónico, bien de los almerienses, y le requirió para que desde Madrid se abortase ese irreparable daño. En aquella primera conversación telefónica intervino también mi padre por empeño de mi abuelo Jesús, pues había sido alumno de De la Cierva, el cual no pudo sino confirmar la denuncia. Después de ésta y otras conversaciones, Perceval consiguió involucrar en el problema al director general para que el Ministerio tomara cartas en el asunto.

Y llegó el día de la votación. El salón renacimiento del Círculo Mercantil acogía a sus socios para tan crucial sesión. Con retraso, la directiva ocupó la presidencia. González Vizcaíno tomó la palabra para decir que no tenía necesidad de convocar aquella reunión pues estaba autorizado por la junta para adjudicar el inmueble a la empresa constructora Ofitesa. En esos momentos, entró en el salón el director general de Cultura acompañado por el gobernador civil y Jesús de Perceval. Ricardo de la Cierva se dirigió entonces a los asistentes, les manifestó su férrea oposición al derribo y terminó ofreciendo la ayuda del Ministerio para la restauración del Teatro y el mantenimiento del Círculo.

Al presidente del Círculo no le quedó otra que suspender la junta general y levantar la sesión, dando carpetazo al negocio inmobiliario. Así cesó el peligro, así se salvó el Teatro. Aunque, para ser precisos, ya estaba salvado poco antes de aquella reunión, cuando De la Cierva hizo llegar a todas las autoridades locales la decisión de Madrid de que no iba a permitirse aquel atropello.

Jesús de Perceval no tuvo éxito en sus intentos por salvar el antiguo convento de San Francisco que presidía la plaza de San Pedro o en su empeño por recuperar el patio renacentista del castillo de los Vélez, ejemplos que no empañan sino que dignifican sus desvelos para proteger el patrimonio histórico almeriense. Otros ejemplos, los felices, los tenemos en la pervivencia del Teatro, el mihrab califal en la Iglesia de San Juan -que salvó junto a Fernando Ochotorena- la torre nazarí de Santa Fe de Mondújar, así como el descubrimiento y protección de numerosos yacimientos arqueológicos de nuestra provincia, entre otros logros.

Más allá de sus méritos artísticos, del Indalo y la fundación del Movimiento Indaliano, de la regeneración de la Cultura almeriense, de la defensa de lo nuestro y la promoción exterior de esta tierra –hechos que le valieron el título de Hijo Predilecto- con la muerte de Perceval,  Almería perdió a su más decidido paladín, genuino referente de la cultura mediterránea.

Este año se conmemora el Centenario de su nacimiento, efeméride que parece pasará como otra fecha cualquiera en el calendario de esta ciudad que suele abandonar a los suyos para agasajar a extraños.


Jesús Ruz de Perceval
Artículo publicado en "La Voz de Almería" 17/03/2015.


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miércoles, 10 de abril de 2013

MOCTEZUMA MURIÓ POR ALMERÍA

No abundan en nuestra tierra ejemplos de la participación en el descubrimiento y colonización de las Américas. En el siglo XVI tenían los almerienses otras preocupaciones más apremiantes entre las que no cabían la búsqueda de la fortuna o el cumplimiento de sueños caballerescos o aventureros. La Reconquista no había terminado del todo en Almería y, de facto, seguíamos en estado de permanente alarma, temerosos de los levantamientos moriscos y, con la mirada puesta en el norte de África, atentos a la defensa de nuestra costa, de continuo asediada e instigada por la piratería de los hermanos Barbarroja.

Pese a todo y mientras permanecíamos ajenos al acontecer del resto del Mundo, el nombre de Almería quedaba escrito con letras mayúsculas al otro lado del Atlántico... y les cuento:

En 1518, cuando Carlos V tomaba posesión del trono de España, el capitán Juan de Grijalva desembarcaba en las costas de lo que luego llamaríamos Nueva España.

Este descubridor castellano -curtido en las conquistas de Cuba y La Española- había recibido el encargo de continuar la exploración del Yucatán. Así, en el mes de abril, partió Grijalva desde Cuba al mando de cuatro navíos y más de doscientos hombres. Le acompañaban otros conocidos capitanes que ya se habían distinguido junto a Cristóbal Colón y el cronista Bernal Díaz del Castillo.
En su periplo, descubrieron la isla de Cozumel, se adentraron en Yucatán, Campeche y  Tabasco y, lejos de regresar con la misión cumplida, optaron por continuar más al Norte, navegando por las aguas inciertas de un todavía desconocido Golfo de México.

Dos meses más tarde, pasada la costa luego nombrada de Veracruz, desembarcaban los españoles en una tierra que, por sus pinceladas, se les antojó conocida. Había allí una población indígena, asentada en una extensa playa junto a la desembocadura de un río y flanqueada por una vasta sierra, urbe a la que, por su semejanza con la nuestra, bautizó Grijalva con el nombre de “Almería”.

Era esta nueva Almería -o Nautla, como así la llamaban sus primitivos moradores- un asentamiento rico, poblado por indios totonacas, cuyos dominios tiempo ha se hallaban sometidos al poder del imperio azteca, circunstancia que justificó la buena acogida dispensada a los españoles, en quienes vieron los indígenas a sus libertadores del yugo mexica.

Un año más tarde llegaba a aquellas tierras Hernán Cortés. Necesitaba el conquistador de fuertes apoyos para proseguir con la expansión española y, por ello, recurrió a la alianza que Grijalva firmó con los totonacas de Almería. Tras los indios “almerienses”, se unieron a Cortés muchos otros de importantes ciudades como Cempoala, convencidos todos de que su compromiso con España les libraría del tirano azteca.

Así, fortalecido el español, en noviembre de 1519 entraba Cortés en la gran capital Tenochtitlan, corazón de México, donde fue recibido y agasajado con honores de rey por el Emperador Moctezuma II, consciente éste de que no podía frenar el avance conquistador y la revolución india apoyada en nuestras banderas.

Mientras en la capital se entretenían y disipaban alegremente los españoles, los lugartenientes de Moctezuma planeaban recuperar para su rey las riendas del imperio. Su objetivo primero era claro, pasaba por asestar un golpe definitivo al origen de la sublevación india y del apoyo a los invasores: Almería.

Al mando de miles de indios mexicas, marchó entonces el caudillo Cuauhpopoca hacia aquellas tierras. El asalto brutal a los campos de Almería sembró el pánico en los totonacas, quienes pidieron auxilio a Escalante, capitán que Cortés había dejado como gobernador de la cercana Veracruz. Éste, con cuarenta españoles y dos piezas de artillería, organizó la defensa de Nueva Almería junto a los naturales del lugar.
Poco podían hacer frente a los más de cinco mil hombres que mandaban los aztecas pero, entrados en armas, fue tan férrea su defensa que consiguieron finalmente forzar la retirada de los atacantes, si bien quedó Almería destruida, su población casi aniquilada y el valeroso Escalante herido de muerte.

Pronto llegó lo acontecido a oídos de Hernán Cortes, que no dudó en dirigir su ira contra Moctezuma. El emperador, para exculparse y contentar a los españoles, mandó prender y ajusticiar a los caudillos responsables, quienes, mientras sus cuerpos ardían en la hoguera, denunciaron al Rey y confesaron actuar bajo sus órdenes.  Ninguna otra prueba necesitó Cortés para poner preso a Moctezuma y asumir el gobierno de México.
 
Poco después se aceleraron los acontecimientos; moría el Emperador de manos de uno de sus súbditos, la sublevación de los aztecas justificó el aplastamiento de Tenochtitlan y, tras ello, la conquista definitiva del imperio azteca para la Corona Española.

De los sucesos de Nueva Almería y su importancia para la Historia sólo quedan hoy vagos recuerdos.  La gran provincia de Almería fue en los siglos que vinieron orgullo del estado mexicano de Veracruz por sus explotaciones ganaderas y su riqueza agrícola, que hoy como antaño, se desarrolla en lo que siguen llamando “Los Llanos de Almería” y, pese a que la nueva población fue en tiempos recientes rebautizada con su primitivo nombre indígena, Nautla, en su escudo municipal se plasmó la memoria de esos hechos pretéritos, principio del fin de la dominación azteca, cuyo recuerdo pasean hoy por el Mundo los miles de mexicanos que comparten orgullosos el apellido “Almería”.

 Jesús Ruz de Perceval

MINGOTE Y PERCEVAL



MINGOTE Y PERCEVAL

Cuando la genialidad y la inteligencia anidan en la mente de un hombre bueno, sus frutos son doblemente prolijos e infaliblemente auténticos.
Antonio Mingote llegó a gozar de la libertad -la verdadera- que sólo alcanzan las mentes sobresalientes asidas a un corazón noble. Tras ese libre caminar entre libros y viñetas, nos queda hoy una obra ingente, ajena a lo mediocre y lo malvado, que resume nuestra historia de más de medio siglo con la lucidez y la sagacidad de este gran pícaro español.
Mingote y Perceval se conocieron en el Madrid de la posguerra, en esa capital que se reinventaba cada día en los cafés, en los paseos y en las tertulias interminables, cuando el primero vertía ya sus humoradas en “La Codorniz” y mantenía aun virgen su deseo de ser esencialmente escritor y, el segundo, quería despertar al mundo su concepción mediterránea del arte y de la vida. No era difícil que entablaran amistad pues, a un lado el amor al arte y la búsqueda de la belleza, ambos eran humanistas convencidos y, ambos, veían en el humor un vehículo inteligente con el que agitar conciencias y remover pasiones de toda índole.
Decía Perceval, a propósito de lo bello y lo sensual, que “el ciprés es ideal por tender a la recta y el naranjo sensual porque se acerca a la circunferencia”, ello explica que las figuras femeninas de Rubens sean sensuales, y melancólicas y elevadas las de El Greco. Mingote coincidía con el indaliano y participaba también de esta concepción en torno a la sensualidad de lo redondo, la curva sobre la recta, presente en su obra, donde la sinuosidad femenina es palmaria y, muchas veces -fuera cual fuese el destino del dibujo, chiste o viñeta- de una sensualidad arrolladora.
Dibujo de Mingote dedicado a Jesús de Perceval

En la década de los 40 del siglo pasado, Jesús de Perceval ya era asiduo en las tertulias de Madrid -esas ventanas bohemias en las que asomarse al mundo- en la de Pombo, la de Levante y otras, pero participó especialmente en las mantenidas en el mítico “Café Gijón”, la verdadera escuela que diría Fernando Fernán Gómez, en las fechas en que ya se sabía por literatos y artistas que “era más importante una silla en el Gijón que un sillón en la Academia”. Allí empezó Mingote a convertir en mágico lo cotidiano y allí, Perceval, armado con su Indalo, convencía a grandes y pequeños de que, su Almería, era la cuna de la cultura mediterránea. Difícilmente puede encontrarse en nuestro país una genialidad que no haya bebido de las aguas del Gijón o que no haya vertido en ellas sus desvelos.
En ese parnaso de escritores, poetas, pintores, cineastas, músicos o filósofos, Mingote y Perceval solían entretenerse con un hermoso juego en el que participaban otros notables como Francisco Umbral, el dramaturgo Lauro Olmo, García Nieto, Pedro Bueno, el humorista Evaristo Acevedo, Campmany, Manolo “El Pollero” o Camilo José Cela. Consistía el invento en que uno de ellos comenzaba un dibujo, el cual era continuado por el siguiente tertuliano, así hasta que, al final, se cerraba el círculo. Lógicamente, la mayor o menor fortuna del dibujo dependía de las dotes artísticas de los contertulios que, ese día, se sentaran a la mesa, pero, en todo caso, el resultado era siempre una obra extraña y genial desde su incierta concepción. Hoy, más de uno nos daríamos de bofetadas por conservar los frutos de ese divertimento en los que hallar los trazos chocantes de las primeras firmas de España. Quizá marchase alguno de esos esbozos con los papeles de “Iria Flavia” pues en más de una ocasión la cadena del dibujo se comenzó con el café y se terminó en casa del propio Cela.
En septiembre de 1951, para mayor diversión de los tertulianos y pesadumbre de los censores, Antonio Mingote hizo eco en “La Codorniz” de una polémica suscitada por Perceval con su obra “La degollación de los Inocentes”. Este cuadro acababa de ser protagonista en la I Bienal Hispano-Americana y estaba dando la vuelta al mundo de mano de la prensa extranjera para mayor tormento de los custodios del Régimen, que no sabían cómo interpretarlo y, menos aún, el papel que en la obra jugaban Picasso o García Lorca. Para azuzar el debate, Mingote no dudó en representar un fragmento del cuadro donde todo parecía intriga y conspiración y en el que retrataba al propio Jesús de Perceval embozado en un manto, cual madre desesperada por salvar a su hijo de las garras de Herodes. 

Unos años más tarde, ambos artistas participarán en la Primera Exposición de la Agrupación Nacional de Bellas Artes que presidía el escultor Juan de Ávalos -con la que aspiraban establecer un sistema de seguridad social y de protección a los derechos de autor, así como acciones de ayuda a los artistas que careciesen de medios- que vio la luz en la sala de exposiciones del Club Pueblo, de Madrid, en 1966.
En esa época le dedicó Mingote al almeriense un precioso dibujo en el que un señor desconfiado espera resignado, a la grupa de un caballo regio, el trotar que le deparará la vida, y que hoy bien puede servir de guiño o de homenaje del genial dibujante a esta tierra de Almería a través de la persona de su hijo predilecto.
Umbral, que llamaba a su amigo Perceval el “Beethoven de la pintura” -en coñona alusión a su sordera-definió a Mingote como el “Picasso de los periódicos”, sobrenombre que agradó a muchos pero que, pese al ensalce y salvando mi admiración por el genio de Málaga, creo no le hace justicia a este otro genio madrileño de adopción y vocación. La magnitud creativa y personal de Mingote no debe admitir comparativas, por muy elogiadoras que resulten, ni vale para él síntesis alguna, pues el universo de este hombre del Renacimiento, “principiante de todo y aficionado a todo”, hace ya tiempo que se desbordó mucho más allá de los periódicos.
Ahora, mientras pergeño este humilde recuerdo a nuestro admirado Antonio, me gusta imaginar que, allá donde esté, se dispone a jugar otra vez a hacer dibujos colectivos con mi abuelo Jesús y todos los que ya no están, trazando líneas imposibles en lo infinito, a la espera de ver, como niños eternos, la magia que resulta. Quizá, algún día, pueda yo también jugar.

Jesús Ruz de Perceval.